El señor Asno es el líder del Partido Participa. Llegó al poder de forma dudosa, quién sabe bajo qué premisas. Lo cierto es que, si la memoria no me falla, ya lleva ocho años haciendo y deshaciendo sin demasiado control, usando los graneros a su alcance para alimentar una inseguridad jurídica pocas veces vista en granjas occidentales.
Miente sin ruborizarse y llama «cambio de opinión» a cada rectificación cuando, en la práctica, su actuar no coincide con lo que una vez prometió. Pactó en secreto con los cerdos para que le apoyaran en su candidatura a presidente de granja, derogando el delito de sedición que pesaba sobre algunos de ellos. Fueron los cerdos, al fin, quienes sostuvieron su poder tras las últimas elecciones. Y así, la integridad estructural de la granja parece permanecer en constante peligro de deslinde.
Resulta especialmente preocupante que terminara colocando a las cabras en el Consejo, aun cuando la historia demuestra que hablan demasiado y que, más que resolver, hunden a la granja en la más absoluta podredumbre. Son populistas: solo conducen a la pobreza, berrean toda una sarta de engaños, utopías e incoherencias, siempre enfocando el odio en un enemigo distante para que el resto de habitantes de la granja nunca descubra que forman parte de un experimento social cruel y degradante, y que el verdadero enemigo está justo delante. Prohibido mirarse la pezuña o el dedo de la pata. Muchos terminan huyendo a granjas aledañas solo para poder respirar.
El caso es que el señor Asno terminó colocando como vicepresidente a la cabra de crines largas y como miembro en todas las comisiones delegadas posibles. Esta se encargó de maquillar la realidad de formas tan absurdas que llegó a viajar a una granja lejana para vanagloriarse de las conquistas de otro gobierno granjero afín, que sometía a sus habitantes sin prisa pero sin pausa, por mencionar solo una de tantas necedades.
El señor Asno, aun insatisfecho, se fue de vacaciones quién sabe adónde cuando la granja sufrió una tremenda brecha en su perímetro. El gobierno de otro territorio decidió que debía desestabilizar la paz de la comunidad usando a sus propios ciudadanos como arma de guerra. Abrió la cerca que separaba ambos terrenos y dejó entrar a todo el que pululaba del otro lado. Se vivieron momentos de gran tensión en el perímetro sur, con dicho gobierno reclamando como suyas esas tierras. Cuando el señor Asno volvió de su «merecido» descanso, solo atinó a señalar a enemigos lejanos como posibles culpables, y no hay quien no se pregunte a qué se debe tal encubrimiento. Porque el señor Asno parece tener, más que temor, demasiados intereses en juego.
En unos días, los habitantes de la granja tendremos la oportunidad de borrar del panorama político al señor Asno. Dejar atrás casi una década de desaciertos y olvidos, de ausencia de explicaciones en temas vitales, de directrices sin cabeza.
Aunque quizá el verdadero peligro nunca haya sido el asno.
Quizá sea la costumbre.
La costumbre de mirar hacia otro lado cuando desaparece un granero. De aceptar como normal que las reglas cambien según quién las necesite. De escuchar un rebuzno y llamarlo discurso. De ver cómo la cerca se abre y convencernos de que el problema está siempre al otro lado.
Las granjas no se hunden de un día para otro. Primero se agrietan las paredes. Después se pudren los establos. Y, finalmente, los animales se acostumbran al olor.
El 29 de noviembre veremos si todavía queda en esta granja suficiente memoria para recordar cómo era el aire antes de que todo empezara a oler mal.

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