Hay personas cuyo día no comienza hasta que no toman café. Lo necesitan, lo esperan. Lo preparan casi con los ojos cerrados y, después del primer sorbo, por fin logran poner los pies en el suelo e iniciar la jornada.
Yo no soy una de esas. Hay quien diría que eso me convierte en una muy mala cubana. Pero hace tiempo me declaré enemiga de los vicios. Nunca he tenido esa relación de amor incondicional con una taza humeante por las mañanas, ni he aprendido a distinguir si un café es demasiado fuerte, demasiado suave o exactamente como debe ser. Porque esa tacita humeante, con el punto preciso de azúcar y ese olor que se cuela en todos los rincones de la casa, la oficina y hasta del barrio, podría arruinar mis pretensiones. Durante mucho tiempo procuré que el café fuera simplemente ese olor que salía de la cocina cuando alguien más lo preparaba.
En Cuba no hay casa en la que falte y, si de casualidad (o más bien cotidianamente) la escasez golpea, puede sentirse la ausencia de todo menos de la infusión. La mayoría lo consume hasta mezclado con quién sabe qué. No importa que el origen y la composición sean dudosos, mientras esté presente todas las mañanas o en algún momento puntual del día. Representa la pausa, la conversación más trivial y la más seria, la invitación a socializar o bien un brindis íntimo de introspección.
Sólo el café mantenía a flote a mi equipo de trabajo. Sin esas tres, cuatro y hasta cinco coladas, los contratos se hubieran quedado a medias, las reuniones habrían sido aún menos productivas y, sin duda alguna, habría encontrado a mis compañeros en la muy lamentable condición de muertos vivientes, pululando por los pasillos con ojeras de mapache.
Durante dos años me mantuve firme, con mi taza de té en la mano cada vez que se proponía un «¿quieres café?». Ahora dicen por ahí que se recomienda para mejorar la concentración, como potenciador del rendimiento físico y hasta para cuidar el corazón: del cansancio y también del mal de amores.
Y cuando me creía libre del peligro, unos años después, caminando una tarde especialmente calurosa por las calles de Roma, me detuve en una pintoresca cafetería centenaria para aliviar la sed. Fue allí donde descubrí que el café también puede ceñirse al azúcar, a los huevos y al queso mascarpone para crear un postre excepcional. Quedé tan encantada que, al regresar a Madrid, decidí reproducirlo de mil y una formas, porque el tiramisú es la receta que me hizo perder la batalla, y hasta la guerra.
Y es que consigue adueñarse de la mesa y logra que nadie tenga prisa por levantarse. Frío y cremoso, el sabor del café se esconde detrás del dulzor del cacao.
Nunca aprendí a tomar café, pero sí a quererlo de otras maneras.
Ingredientes:
- 500 g de mascarpone
- 4 huevos
- 100 g de azúcar
- 250-300 g de bizcochos de soletilla
- 250 ml de café
- 2 cucharadas de licor de café, amaretto o ron (opcional)
- Cacao puro en polvo
- Una pizca de sal
Preparación:
- Preparamos el café y lo dejamos enfriar un rato; puedes utilizar el que prefieras. Si vas a añadir licor, se incorpora al café una vez frío.
- Separamos las claras de las yemas y batimos estas últimas con el azúcar hasta obtener una mezcla clara y cremosa. Añadimos el queso mascarpone poco a poco hasta conseguir una preparación homogénea.
- Montamos las claras con una pizca de sal a punto de nieve y las incorporamos a la mezcla anterior con movimientos suaves y envolventes, para conservar todo el aire posible.
- La parte más delicada de la receta es mojar los bizcochos en el café: no deben empaparse demasiado o correrán el riesgo de deshacerse.
- Colocamos en el molde seleccionado una primera capa de bizcochos, seguida de una de crema, y así sucesivamente, alternando capas hasta alcanzar la altura deseada.
- Dejamos reposar en la nevera un mínimo de cuatro horas.
- Justo antes de servir, espolvoreamos una generosa capa de cacao por encima.
Pruébalo y me cuentas: ¿tú también tienes algún pequeño ritual dulce al que siempre terminas regresando?

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