La huida

Desde la cama de hospital, la matriarca ve la vida pasar. La suya y la de quienes a su alrededor van marchitándose como flores olvidadas, poco importa si la luz entra fuerte o muy tenue desde la ventana. «No somos girasoles —piensa ella—, ojalá que por breves instantes el sol abrasador nos devolviera esa lozanía, ese fuego en los huesos, y la fuerza para escapar corriendo de un destino nada halagador.»

Nacida en Mantilla, La Habana, fue la menor de quince o catorce hermanos —tantos que ya ni recuerda exactamente el número, como si la memoria también hubiera decidido rendirse—. Este padecimiento que no perdona le nubla la vista y los recuerdos. Muchos años luchando: nódulos saliendo aquí y allá, en los lugares más recónditos y sorprendentes, visitas a quirófano cada mes. Fue perdiendo esas libritas de más, el color sonrosado de sus mejillas, la capacidad de dormir horizontalmente, porque hasta el acto de respirar se volvió una tortura lenta, y ahora ya no puede ingerir alimento. «Solo me falta estirar la pata» —dice a cualquiera que quiera oírla, como quien bromea con la muerte para no darle el gusto de asustarla—. Porque la matriarca, a pesar de no ser una persona particularmente graciosa, siempre tuvo la lengua afilada. Y, sobre todo, nunca, pero nunca daba a entender que había perdido la esperanza. Y si la perdió por momentos, la buscó en todas partes: en todas las biblias y credos, en todas las misas y reuniones, en su Santa Bárbara, celebrando cada 4 de diciembre con un pedazo de tarta y un vaso de refresco para su altar. Una costumbre no muy católica, si me preguntan, pero muy propia de ese sincretismo religioso cubano que ha acompañado a generaciones enteras, tejiendo lo sagrado con lo cotidiano.

La matriarca preguntó al doctor cuánto tiempo le quedaba de vida. Así, sin vaselina, sin los adornos que otros usan para endulzar lo amargo.

—Veremos después de este último procedimiento —dijo el facultativo con voz poco firme—, todo saldrá bien. Y lo dice como quien no está acostumbrado a ser increpado de esa manera, no por un paciente al menos. Ella tenía ese efecto en las personas: inspiraba respeto por dondequiera que iba, como si su sombra misma exigiera consideración. Su convicción firme la llevó a enfrentar la vida tal y como vino, sin concesiones, en compañía de tres hijas a las que sacó adelante por pura voluntad, por ese fuego que no se apaga fácilmente. Nadie iba a mentirle en su cara, no con cincuenta y cinco años en las costillas, no con esa historia de lucha cosida en el pecho.

Estaba todo previsto para subir a quirófano a las diez de la mañana. Una hermana generosa le ayudó a bañarse por unos minutos, para estar presentable. Con estos calores no había manera de escaquearse. Últimamente el baño había dejado de ser un placer en tierra tropical para convertirse en los diez minutos más retadores, considerando que se le había vuelto muy difícil mantenerse en pie. —Úntame talco, Rosa —le dijo resuelta—. Úntame hasta que la medalla de Mi Milagrosa quede blanca, a ver si me hace el milagrito y salgo de esta. Pero si no, déjale la medalla a mi nieta mayor, hace cinco días fue su cumpleaños y no pude celebrarle la fiesta. Ahora, cuando vuelva, voy a encargarle a la vecina una tarta de chocolate, no importa que el festejo sea con fecha retroactiva, total, si la vida es una, más vale festejar. Si me voy a morir, que sea de fiesta.

La hermana se marcha a buscar no sé qué papel. La matriarca se queda sola en la cama, estira las sábanas para cubrirse hasta el cuello. «Madre mía, qué escalofríos», piensa en voz alta. Una mañana bonita, sin dudas — puede verse un pedacito de cielo despejado desde la ventana, como una promesa pequeña pero suficiente. Más tarde llega el vuelo de mi hija. Cuánto tiempo sin verla. Voy a poder darle un abrazo.

El silencio interrumpe su pensamiento desbocado. Muy raro no escuchar el cuchicheo de los pasillos, o los alaridos tenues de los enfermos a su alrededor. Gira ligeramente la cabeza: la cama a su lado está vacía. Ayer había alguien —murmura—, mas no le extraña, la fluctuación de pacientes es demasiado común, más de lo que preferiría admitir. Pero durante su estancia ha decidido no pensar demasiado en eso.

De repente se siente ligera, tanto que logra incorporarse en la cama sin ayuda, y descubre para su sorpresa que solo ella permanece en la sala. No hay pacientes, ni camas, ni sueros, solo la cama en la que permanece y la cama a su lado, como evidencia inequívoca de que antes estaba rodeada de vida, marchita, pero vida al fin. En la entrada, una chica le hace señas para que se acerque. —No voy a poder —intenta decir alzando la voz—. Verás que sí, anímate —contesta la muchacha—. Lleva el pelo negro sobre los hombros, tiene unos 15 años, quizás un poco más, pantalones de color gris, algo ajustados, unos ojos grandes muy expresivos.

—Me parece que te conozco —dijo la matriarca—, sorprendida descubre que las piernas ya no le pesan, de hecho le responden tan bien que se pone de pie de un tirón. Casi se desliza hasta la chica, con el paso ágil de la juventud, perdido hace tanto. Creyó que nunca volvería a caminar así, no sin perder el aliento o sin que le fallaran las ganas. No había obstáculos que sortear, dolores que evadir, víctimas del mismo mal que ignorar, doctores hablando en jerga incomprensible con cara de desamparo. Así que en unos segundos llegó al umbral.

—Ciertamente me conoces, pero te dejo adivinar de dónde —dijo la muchacha con una sonrisa deslumbrante—. Sin pedir permiso, la toma de la mano. La matriarca siente como la embarga un sentimiento de profunda paz. Esa mano es como la suya: fuerte, algo áspera pero delicada en su conjunto. Y curiosamente esta joven lleva al pecho también una medalla de La Milagrosa.

—Salgamos de aquí.

Y la matriarca no dudó.

Se dirigieron juntas hacia la salida, tomadas de la mano.

La luz del sol las espera.

Medalla de La Milagrosa

Medalla de La Milagrosa, en poder de la autora desde 2003

Respuestas

  1. Avatar de yuramicalvo24

    Me llena de mucha alegria saber que tu conservas la medallita de la Milagrosa que con tanto amor Paty y yo le regalamos a mima. No podia estar en mejores manos. Esa medallita en algun momento significo fe y esperanza para nuestra matriarca. Que dios te bendiga siempre mi nina bella. Mima estaria muy orgullosa de ti al igual que lo estamos nosotros. Te queremos mucho.

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  2. Avatar de freelyglitter55ee655c70

    Bella descripción sobre la partida de tu abuelita,que estaría muy orgullosa de tí.

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    1. Avatar de myragallestey

      Se fue muy pronto, ojalá la hubieras conocido

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