«Yo pensaba morirme en el invierno de 1987». Así comienza la conmovedora historia de vida de Reinaldo Arenas, nacido en Holguín, Cuba, en 1943, y autor del libro que pretendo recomendar en esta, mi primera entrada de Entre libros.
Con un lenguaje sencillo, directo y coloquial —y en determinados momentos solo apto para el público adulto—, esta obra autobiográfica nos acerca a las distintas etapas de la vida de Reinaldo: su niñez en el campo cubano, su vinculación con los ideales de la Revolución de 1959, y su posterior caída en desgracia por su condición de escritor y homosexual. También relata las circunstancias que terminaron empujándolo al exilio, después de años de persecución, censura y dificultades para sobrevivir como escritor.
Especialmente conmovedores son los pasajes relacionados con su estancia en la prisión de El Morro, donde la dureza de las circunstancias contrasta, en ocasiones, con un peculiar sentido del humor que acompaña buena parte de la narración.
Antes que anochezca no es únicamente el relato de una vida marcada por la adversidad. Es también el testimonio de alguien que, incluso en las circunstancias más difíciles, encontró en la escritura una forma de resistir, de conservar su identidad y de dejar constancia de aquello que había vivido.
No quiero contar mucho más, porque buena parte del valor de este libro está precisamente en descubrir, de la mano del propio Arenas, los episodios que fueron dando forma a su vida. Solo diré que es una lectura dura en algunos momentos, pero también sorprendentemente humana, irreverente y llena de vida.
Y quizá sea precisamente por eso que Antes que anochezca se siente, desde su título y primeras páginas, como algo más que unas memorias: es una despedida. Reinaldo Arenas terminó de escribir este estremecedor testimonio poco antes de poner fin a su vida. En diciembre de 1990, en Nueva York, el escritor se suicidó, dejando en estas páginas lo que sería su última obra y, de alguna manera, su última conversación con el mundo.
Así, aquella primera frase —«Yo pensaba morirme en el invierno de 1987»— adquiere, al conocer el desenlace de su vida, una dimensión todavía más conmovedora. Arenas sabía que estaba escribiendo contra el tiempo. Y nosotros, al leerlo, asistimos sin saberlo a una despedida que ya había comenzado.
Termino haciendo mías las palabras del texto de la contraportada: «La recuperación de este texto, convertido ya en un clásico, pone en evidencia que, treinta años después de aquel grito desgarrador, aún se silencia y se encarcela a intelectuales y opositores, y que sigue siendo más oportuna que nunca esta reivindicación de los derechos civiles y personales, ahora que parecen estar en un continuo retroceso.»

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