Nací en la casa de los muchos, en un barrio humilde donde los solares eran muy comunes. Así llamábamos a esas antiguas mansiones señoriales que el tiempo y la necesidad habían dividido en pequeños cuartos: tabiques levantados a toda prisa para que familias de pocos recursos tuvieran, al menos, un techo. El hacinamiento era el precio de ese privilegio.
Yo tuve la suerte de vivir en un apartamento ¿normal?, atormentado por el grave problema habitacional: tres generaciones conviviendo, nueve personas —o universos— respirando el mismo aire, cada núcleo en una habitación, con sus peleas, ruidos curiosos, horarios de baño, partidas de dominó y pan con algo los domingos, olor a comida casera en horario de tarde y una matriarca que ponía orden y marcaba el equilibrio de aquella convivencia.
Al año de nacer yo, mi abuelo se marchó a buscar otras oportunidades. Si fue por amor o por necesidad, nunca lo supe. Nunca pude preguntarle.
A lo largo de mi niñez la casa se fue quedando vacía: algunos emprendieron vuelo a otras tierras, mi matriarca se fue, dejando una ausencia que solo el tiempo ha podido explicar y la vida, justificar. De los olores de mi infancia y de la casa bulliciosa solo quedó un recuerdo tenue. Y como ser de costumbres, mi sueño fue siempre marchar — buscar otros olores, otros horizontes, descubrir otras realidades.
Algún día podríamos hablar largo y tendido sobre algo tan triste como real: el deseo de la mayoría de los cubanos que conocí y conozco de exiliarse en cuanto la razón —y luego el bolsillo— se lo permiten. Ese tema merecería diez entradas y cien libros.
Cubano que me lea no me dejará mentir. Tanta es la obsesión que en Año Nuevo no hay quien no salga con maleta a dar la vuelta a la manzana, para atraer los viajes del año siguiente. Las instrucciones son muy concretas: mejor dirigirse a la derecha, para atraer el viaje al exterior — si vas a la izquierda, llegarás como mucho a Guantánamo. Mejor que la maleta vaya llena, para que el viaje sea largo o por tiempo indefinido. Y cuidadito con que se traben las ruedas o se enrede en un bache, porque el viaje podría cancelarse. Si el viaje tiene pinta de darse, los preparativos se hacen en silencio — para no gafarlo.
La matriarca, sin ir más lejos, se tomaba muy en serio este ritual. A las doce en punto salía con su maleta, caminaba por el barrio y regresaba triunfante.
—Este año viajamos —decía.
Y viajábamos, sí.
A la bodega. A casa de sus hermanos, a la playa, a veces de casualidad y la ayuda de algún emigrado, hasta otra provincia. Pero mi matriarca nunca perdió la fe. Porque una cosa es que la maleta te lleve lejos, y otra muy distinta que el presupuesto coopere.
Hay supersticiones que no garantizan el destino, pero por suerte la esperanza es gratuita. Yo, como nunca vi resultados, no hice el ritual. Aún así, emprendí un viaje sin regreso a unas tierras que jamás imaginé, y que día a día he aprendido a amar.
¿Tú también hiciste el ritual de la maleta? Cuéntame


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