Dicen que tuve tanta prisa por nacer que mi madre no tuvo tiempo ni de quitarse las zapatillas. Me gusta pensar esa escena como el prólogo de una novela breve: luz de hospital, pasillo frío y unas zapatillas gastadas anclando a mi madre a la tierra, mientras yo irrumpía en un mundo que esperaba otro comensal. Afuera, la familia aguardaba al hijo prometido; adentro, llegaba una niña sin reservas ni disculpas.

La receta familiar decía «niño» y el horno entregó «niña». Durante mucho tiempo sentí que mi vida era ese plato que sale distinto a la foto del libro y, aun así, termina en el centro de la mesa. Hubo que ajustar condimentos, cambiar el menú sobre la marcha, aprender a saborear lo inesperado.

Cuando aprendí a escribir, a los seis años, encontré mi primera cocina propia. La escuela me dio el abecedario, pero yo lo usé como quien abre un cajón de especias: cada letra era un aroma posible, cada frase una mezcla nueva para cambiar el sabor de lo cotidiano. En esas páginas inventadas podía corregir el guion sin pedir permiso, servirme la versión de mí que aún no sabía pronunciar en voz alta.

Mientras tanto, en la cocina de mi abuela Ana se guisaba otra parte de mi identidad. Ella, maestra paciente y mínima en palabras, me enseñó que una buena salsa necesita tiempo, escucha y una pizca de intuición. Entre cazuelas y silencios entendí que la memoria tiene olor y que también se escribe con los ojos: en el sofrito del domingo, en la olla que parece hablar cuando hierve, en el pan que se tuesta pensando en quién se sentará a la mesa.

Entre sus fogones y mis cuadernos aprendí a estar en el mundo. Hoy, cuando escribo en Tinta y Cazuela, sigo haciendo lo mismo: convertir aquella sorpresa inicial —ser la niña que llegó sin avisar— en una historia que se cocina a fuego lento. Cada texto es una receta imperfecta donde mezclo nacimiento, refugio y los guisos de mi abuela para recordar que, a veces, los platos más memorables son precisamente los que nadie esperaba servir.

Espero que estos textos te ayuden a recordar ese amor perdido, a pensar que alguien te espera, o que al otro lado del mundo, alguien prepara una mesa en tu honor.